La Luz es una actitud, es un sentimiento.

Aquí os dejamos un cuento que nos hace reflexionar sobre el verdadero significado de la Luz que vendrá este viernes desde Belén a calentar e iluminar nuestros hogares.

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“Érase una vez un lejano pueblo llamado Licht. No era muy vistoso, pues no tenía gran cosa en él, pero todas las semanas el pueblo entero salía a las calles a celebrar uno de los regalos más valiosos que se nos concedió: la Luz.

Con el tiempo las celebraciones ya no eran lo que solían ser; ya no tenían corazón puesto en ellas. La gente solo las continuaba realizando por el mero hecho de tener fiesta y, un día, llegaron las consecuencias. El cielo comenzó a cerrarse creando una espesa y negra nube sobre todo el pueblo, sumiéndolo en una profunda oscuridad. Solo un pequeño espacio dejaba atravesar los rayos de la luz, llegando a iluminar una humilde casa hecha de madera antigua. Pertenecía a un anciano del lugar, algo huraño pero que siempre había guardado en su corazón el significado y el agradecimiento que se demostraban en las fiestas que celebraban.

Pero aquí no acaba la historia. Al principio todos los del pueblo compartían ese pequeño haz de luz que iluminaba vagamente el lugar, pero poco a poco el anciano comenzó a corromperse por el poder de ser el único cuya casa estaba bañada por el sol. Empezó a despreciar a los vecinos que se acercaban echándoles de su finca.

– Esta luz es mía.- decía cuando alguien se acercaba.- Mía y de nadie más. Marcharos a vuestras casas pues ya la habéis disfrutado suficiente.

La gente del pueblo le imploraba que por favor les dejase seguir utilizando la luz pues, sin ella, las cosechas estaban muriendo y los niños estaban enfermando.

– ¡A mí eso me da igual!- gritaba a los hombres mientras levantaba los puños al cielo.- Yo tengo todo lo que necesito.

Así pasaron las semanas. Las cosechas no maduraron debido a la falta de sol y el pueblo, que había subsistido de las reservas de cosechas pasadas, empezó a quedarse sin comida. La restante estaba destinada al cuidado de los niños y ancianos del pueblo. La gente ya estaba perdiendo la esperanza hasta que un día, nadie sabe de dónde, llegó al pueblo un extranjero. Fue algo que impactó al pueblo puesto que, aparte de que hacía mucho tiempo que no llegaba nadie nuevo, era alguien peculiar. Vestía una gabardina oscura que le tapaba desde la boca hasta los pies y, lo más extraño de todo es que tenía una bombilla encendida en su sombrero.

Se presentó como el Lucero y, detenido en el medio de la plaza del pueblo dijo:

– Veo que ya habéis aprendido una lección. Ahora os toca la siguiente.

Alzando sus manos comenzó a repetir estas palabras:

Aquel que lo negó,

ahora le será negado.

Aquello que se os quitó

ahora os será entregado.

Mientras lo decía, como por arte de magia, la luz que se concentraba sobre la casa del anciano se empezó a dirigir hacia sus manos, almacenándose en una pequeña bola tan brillante que casi te cegaba solo de mirarla. Cuando esta estuvo completa hubo una pequeña explosión que deshizo el nubarrón que estaba formado sobre el pueblo, permitiendo que nuevamente la luz bañase el pueblo. Los lugareños comenzaron a llorar de alegría pues, después de tanto tiempo, por fin volvían a ver la luz del sol. En cambio, donde antes había luz ahora había una intensa sombra. ¡Exacto!. En la casa del anciano se habían reunido de nuevo las nubes proyectando una oscuridad casi absoluta. Este salió de su casa gritando.

– ¿Qué habéis hecho? ¿Por qué a mí?

Cuando fueron a mirar a Lucero para buscar una explicación este había desaparecido.

– ¿Dónde se ha metido ese hombre? Tenemos un asunto que zanjar.- siguió gritando mientras entraba en su casa.

La gente del pueblo, llena de alegría y emoción por haber recuperado la luz comenzaron a festejar su vuelta, pero esta vez con verdadero sentimiento y valorando realmente lo que tenían.

Así pasaron los días. Cada uno volvió a desempeñar su función. Se sembró una nueva cosecha y los niños empezaron a sentirse mejor cada día. Ya se oían sus voces y risas por las calles mientras jugaban entre todos. El pueblo volvía a estar vivo. El anciano, orgulloso y cabezota, no había salido de su casa hasta que, un buen día que todo el pueblo se había reunido en su puerta, llamaron a su puerta.

Cuando el anciano salió y los vio a todos allí reunidos se temió lo peor. Entonces, una niña pequeña dio un paso al frente de entre todos los niños que estaban y, con un trozo de pan en la mano y una tímida voz dijo:

– Aunque tú no nos quisieras, nosotros a ti sí y te queremos dar este trozo de pan porque sabemos que tú no tienes. Nuestra luz es tu luz.

El anciano, con pulso tembloroso cogió el pan y, con lágrimas en los ojos y una pequeña sonrisa dijo.

– Gracias y… lo siento.”

 

Jose Ignacio del Río, responsable de exploradores, G.S. Amorós

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Publicado el diciembre 18, 2017 en Noticias, Rincón de la Cultura. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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